A lo tonto llevo 3 días en Lausanne -que parecen muchos más-, y aún no he escrito una mísera entrada. Debería empezar por el principio, así que... Es lo que voy a hacer (si pongo mucho detalle cansino es por informar a futuros Erasmus en Lausanne):
1ª parte: 16.08.2010 Llegada (y poco más)
Odio.volar. Y no es que no me guste el avión, que ni fú ni fá, pero hay una diferencia entre que no te guste algo y que se haga odiar. Como los aeropuertos. La pesadez -y "absurdidez"- del control de seguridad (¿qué creen que voy a hacer con una botella de agua?, ¿amenazar con hacerle waterboarding a una azafata hasta que el piloto acceda a estrellar el avión por el camino?), el equipaje de mano (dimensiones máximas, límite de peso), la cola de embarque, etc. Lo que es casi peor que la presión que las compañías low cost (y no tan low cost) ejercen de esta manera sobre los viajeros (sus clientes), es la gente. Que se deja presionar y estresar. Y, joder, eso me estresa.
Santander-Madrid, Madrid-Ginebra. Debiera haber llegado a las 18.30 (en teoría), pero llegó con algo más de una hora de retraso. En el aeropuerto de Ginebra, aún no tengo claro si me colé por donde no debía, pero nadie me pidió identificación ni nada parecido para salir de la zona de recogida de equipajes, que suele ser lo suyo. No sé cómo de grande es (creo que no mucho), pero nada más salir de dicha zona, está muy bien indicado, la gare del Aéroport de Genève está a mano izquierda, al final. Sacarse un billete es muy fácil, así como nada barato, con las omnipresentes máquinas expendedoras de todo tipo de billetes de transporte suizas. Mi Mastercard funcionó sin problemas. 25 chufas, chic@s. Sin Démi-tarif, ni Voie-7 ni nada, claro. La Voie7, como muchas otras tarjetas y abonos, son para menores de 25. Esto significa, no haber cumplido los 25 todavía, no como en España que se es joven hasta los 26. Los suizos caducan antes.
El tren estaba esperándome en la vía. Primer momento de pánico cuando vi una señal que dirigía el tráfico hacia Lausanne en el sentido contrario hacia el que se movía el tren. Pregunté a una amable señora entrada en años que se sentó en frente y, respiré, iba bien. Acto seguido me preguntó si hablaba español, en castellano. Se ofreció a avisarme cuando llegáramos y mientras tanto el hombre que se sentaba al otro lado del pasillo del vagón se unió, también en español, diciendo que él también se bajaba allí, que estuviese tranquila.

¡Van a ser majos los suizos y todo! A todo esto necesité apuntar un teléfono en el tren y una chica que se sentó enfrente me prestó el suyo sin yo pedirle nada. Hablaba español (¡por supuesto!): argentina. Al llegar a Lausanne el hombre me preguntó si necesitaba ayuda en cualquier cosa, si sabía dónde ir y cómo. Cómo se agradece esta amabilidad cuando acabas de aterrizar en otro país en el que no has estado nunca y en el que, así de primeras, no te enteras ni jota de lo que te dicen. Pero yo tenía mi ruta preparadísima: bajarme en la gare, cruzar para coger el metro (parada Gare CFF), línea m2 hasta Lausanne-Flon, m1 hasta Bourdonnette, et voilà!
Eso sí, Lausanne me recibió ya a oscuras y con lluvia, pero a las 22h estaba en mi habitación subalquilada para la semana.
Próximo episodio: Buscar alojamiento para el curso en Lausanne (agarraos, que esta es de miedo).
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