¡Ay, Genève (Ginebra para los amigos, Beefeater para algunos)! ¡Qué bonica, con su Jet d'Eau, su extensión a ambos lados del lago, su embocadura del Leman, sus tranvías, calles peatonales, parques, ese jardinaco botánico, museos y patatín y patatán! ¿No?

A lo mejor pensáis que eso fue lo que vi el sábado, cuando estuve -por fin- de visita. Pues... sí. Pero todo pasado por agua.
La Jet d'Eau bajo la lluvia, Genève a un lado del lago bajo la lluvia -y al otro no iba a ser menos-, al tranvía corriendo que sigue lloviendo, calles peatonales bajo la lluvia, parques encharcados bajo la lluvia, y el resto os lo imagináis. Eso sí, el jardín botánico daba gustico, sobre todo las casetas tropicales porque dentro se estaba de vicio, comparado con el frío que hacía ya fuera. Y por fin me comí mi primer bollo suizo (a repartir entre cuatro, era hermosote); importante.
Y lo que me gusta a mí quejarme. Que no, bobon@s, que me gustó y todo. Ya sólo por lo internashional que es, que salta a la vista, cómo no me iba a gustar.
Palais des Nations, una de las sedes europeas de las Naciones Unidas
(hay otra en Viena, que lo sepáis)
En otro orden de cosas, algo tiene el aire de Suiza en mi contra. Esta tarde he hecho la peor tortilla de patata de mi vida. Si es que se le puede llamar así. No es que fuera un comistrajo incomible (no del todo), pero vamos, que no me lo explico. Con lo bien que se me da a mí eso de la tortilla. Pun intended.
Y no, de la tortilla no hay foto. Bastante vergüenza me ha dado ya de por sí cenármela delante de mi coloc suizo. Lo suyo hubiera sido ofrecerle, pero he preferido quedar mal y sufrirla yo sola a que pensara que eso es a lo que se llama tortilla de patata.
